sábado, 12 de marzo de 2011

¿Qué soy, donde estoy?

Fui al cine porque conocía al director Aronofsky, sobre todo por su primera película brillante titulada ‘Pi, fe en el Caos’. Sin embargo, el cisne negro supera a lo asombroso, alcanzando el linde de una perfección excesivamente fatalista para el indefenso ser humano desde su mísera condición. El idealismo, perfección y espíritu son palabras sobre las cuales el sujeto desea sostenerse debido a su fragilidad. La belleza tampoco se salva del decadente escenario del sujeto. Cuando se pretende alcanzar la misma meta sobre un ideal, concepto e incluso si por un mero instante llegara a sentir la misma esencia de la belleza, puede suceder completamente lo contrario a lo que se aspiraba, es decir, la aniquilación del mismo sujeto.

La protagonista muestra su obsesión por logar la perfección de la interpretación de la obra ‘el lago de los cisnes’. No obstante, la perfección es inexistente ya que consiste en una mera ilusión óptica del uso raciocinio de los desventurados que buscan su referencia en la misma naturaleza. En este desmesurado transcurso de los acontecimientos de la bailarina, Aronofsky nos abarca el drama con la temática de la doble conciencia atrapada en una dualidad. Normalmente vemos al ser desprotegido y desamparado frente al mundo como si el conflicto surgiera desde esta conexión dual, y en realidad no es así. La paranoia se transforma en una mente enfermiza, sin solución alguna ya que a veces es un malestar natural del hombre e irremediable. La razón puede ser su salvación temporal en su travesía existencial e intensamente breve, o bien puede crear una transfiguración fantasmal y diabólica.  El origen del conflicto del ser no viene del exterior. Creerse lo contrario forma parte de una falsa creencia.

En un momento determinado de la película, el maestro le comenta que la única persona que puede poner fronteras es uno mismo, y completamente cierto puesto que es el verdadero conflicto del ser. Cuando la obsesión se llega a un punto álgido surge la esquizofrenia, es decir,  la verdadera locura de la razón, llegándose a transformar en un ser puramente instintivo, primigenio y dionisíaco. El cisne negro reencarna esta aterradora transformación de la bailarina, con su danza pavorosa y acariciando la perfección.

El momento sublime es  el despertar de la protagonista justo antes en el último acto. Percibe su gran tragedia interna al ser consciente del desdoblamiento de ella misma originada por la obsesión de la perfección. Y acto final, con su debilidad quebrantable causada por sus emociones aparece el trágico canto del cisne, y…final.

Un final extremadamente, trágico, bello, emotivo y conmovedor. 

"Entonces volvió a reir, pero con sarcasmo y furia: "Her-ma-ni-to... her-ma-ni-to ... me has ... me has ... reconocido? !Abre ... abre ... vamos al bosque ... al bosque!

- Pobre demente - surgió de mí una voz ronca y espantosa -, no te puedo abrir, ni salir al hermoso bosque, al espléndido aire libre primaveral, que debe soplar fuera.! Estoy encerrado en una oscura y tenebrosa mazmorra como tú!" (E.T.A Hoffman, Los elixires del diablo)



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