sábado, 5 de marzo de 2011

Pasiones inútiles

Entro en el aula, empiezo a hablar a un ciento 
de caras mal despiertas: por un rato
sobre sus vidas, rígido, desato,
cumpliendo mi deber, el frío viento

del Ser y de la Nada, de la Idea
y la Cosa; la horrible perspectiva
del vértigo que se ha hecho inofensiva,
espectáculo grís, vieja tarea.

Si alguno, casí inquieto, se remueve,
los más sueñan, o puntean, o hacen ruido.
Pero basta: es la hora ya. De nueve

a diez, vieron al Ser, ese aguafiestas;
prosigan su vivir interrumpido:
Yo vuelo a mi silencio sin respuestas.
(José María Valverde)




En una tarde de diciembre, el profesor de filosofía política I, José Bermudo, nos hizo un “regalo” de Navidad, como él comentaba en esa ocasión. Fue la última clase antes de vacaciones de Navidad. No era un aula acogedor ya que casi se podía comparar con una cámara frigorífica. Sin embargo, mi único recuerdo vivaz en la facultad de filosofía fue la pasión misma de varios profesores cuyas asignaturas y materias estaban ligadas a la misma personalidad de cada uno de éstos. ¿Podía considerarse aquello como meras clases o asignaturas? Yo diría más bien todo lo contrario. A pesar de las dicotomías, efímeras horas, y estallarse en ilusos sueños de la férrea realidad, algo era seguro; notaba que mi propia conciencia sentía algo lleno de vitalidad. El concepto de enseñanza como artilugio disciplinario y burocrático de la sociedad se había desvanecido, por primera vez.

En la actualidad veo a la propia muerte, percibo el sinsentido de la fantasmagórica conciencia puramente racional disfrazada en una serie infinita de números aleatorios. Lo peor de todo es que aniquila y corroe las mismas entrañas del sujeto. Destruye la subjetividad de la persona hasta transformarle en un zombie sin alma. En este segundo año de Administración y Finanzas ya no siento nada. No se instruye a la gente ni siquiera a ser autocríticos, ni a reflexionar y transforman la objetividad de los números completamente inertes a ser la misma obviedad y realidad por encima de todo. Son simplemente horas muertas.

Ahora entiendo mejor que nunca y comprendo el contenido del poema en el papel impreso que nos regaló el profesor José Bermudo. La desgarradora perspectiva existencial desde el horizonte plano e infinito del Ser se ha convertido en un mero trámite y, lo peor de todo, desangra a la misma persona al paso del tiempo hasta su estancia en la ciudad de los emperadores.

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