sábado, 7 de octubre de 2017

Unmarked

El devenir influye en nuestra manera de ser sin que seamos conscientes de ello, la mayoría de las veces. La sombra de los hechos casi oculta en la gran urbe es la ubicación actual de aquella energía y vitalidad subyacente. Y al compás de las luces y de los destellos de los caracteres digitales de múltiples pantallas, cuyas proporciones se están volviendo irrelevantes, nuestra propia identidad se mueve siguiendo las pautas propias de la urbe.

Si alguien decide aislarse del goteo digital y luces que lo ampara, en su interior surgirá la pregunta: ¿Qué somos? Cuestión por la cual en el momento de abrir de nuevo los ojos se percatará de su vulgaridad si no se llega finalmente a una definición definida y etiquetada. No importa, la próxima acción consiste volver de nuevo a las calles de la urbe, seguir caminando mientras su atención se centra nuevamente a una dimensión reducida repleta de caracteres y secuencias etiquetadas. Cada una de estas secuencias golpea a nuestra retina, o bien, retumba en nuestros tímpanos con nula resistencia.

Del respirar, esa acción tal elemental y olvidaba, se nos ha escapado de nuestras vivencias emocionales. No es una cuestión de automatismo el presente olvido. El ser humano ha suprimido su esencia vital y motivaciones primordiales permitiendo que la secuencia de datos y pautas digitales interfieran en nuestras prioridades.

Al dejar de sentir sus propias entrañas, las emociones constantes procedentes de los latidos del corazón se desvanecen. Se marchitan como las hojas del otoño sin retorno a una luz brillante y a la brisa primaveral de nuestra respiración. Y en su lugar, predominan las múltiples capas y barreras cristalinas que permiten el establecimiento del paradigma actual de nuestro entorno y relación social. Nuestra respiración es efímera como el vaho que empaña los cristales de las ventanillas durante un momento fugaz. Sin embargo, las presentes capas cristalinas no permiten que se produzca ningún atisbo de respiración.

La tarea actual en este presente escenario es el constante confeccionamiento y diseño de nuestra identidad distante. Existe un abanico de posibilidades a la hora de elegir, pues el gran paradigma digital crea infinidades de atributos que terminan registrándose en las múltiples capas existentes. Está garantizada una escala cromática de comportamientos e identidades.

Cuanta más libertad y posibilidades de elección, más necesidad creamos para llegar al punto de catalogarnos a nosotros mismos. El centro de gravedad de nuestros pensamientos ha terminado arraigado en las múltiples capas que no pueden retener el vaho de nuestro aliento ni mesurar las motivaciones de nuestros latidos más primigenios. La urbe no lo permite, pues su razón de ser depende de las luces permanentes y traducidas en caracteres digitales. Y sin embargo aquel impulso que subyace en las sombras marginadas de la urbe, es lo que logra recuperar una voluntad instintiva de querer vivir en toda su plenitud siguiendo su respiración interna, el calor de su aliento floreciendo múltiples emociones y sentimientos. Su sinfonía vital está compuesta por las percusiones de sus latidos y sonido de su respiración, una especie de cántico primitivo. Desde la oscuridad ausente de luces, un nuevo ritual permite al hombre aislarse de cualquier etiqueta catalogada para encontrarse a si mismo.

La formación holandesa Shireen nos muestra en el presente video, el reencuentro con el ser primigenio sin atribuirse a ninguna etiqueta o registro. La canción se llama Unmarked. Una canción que creo que refleja perfectamente la reflexión expuesta. 


sábado, 12 de marzo de 2011

¿Qué soy, donde estoy?

Fui al cine porque conocía al director Aronofsky, sobre todo por su primera película brillante titulada ‘Pi, fe en el Caos’. Sin embargo, el cisne negro supera a lo asombroso, alcanzando el linde de una perfección excesivamente fatalista para el indefenso ser humano desde su mísera condición. El idealismo, perfección y espíritu son palabras sobre las cuales el sujeto desea sostenerse debido a su fragilidad. La belleza tampoco se salva del decadente escenario del sujeto. Cuando se pretende alcanzar la misma meta sobre un ideal, concepto e incluso si por un mero instante llegara a sentir la misma esencia de la belleza, puede suceder completamente lo contrario a lo que se aspiraba, es decir, la aniquilación del mismo sujeto.

La protagonista muestra su obsesión por logar la perfección de la interpretación de la obra ‘el lago de los cisnes’. No obstante, la perfección es inexistente ya que consiste en una mera ilusión óptica del uso raciocinio de los desventurados que buscan su referencia en la misma naturaleza. En este desmesurado transcurso de los acontecimientos de la bailarina, Aronofsky nos abarca el drama con la temática de la doble conciencia atrapada en una dualidad. Normalmente vemos al ser desprotegido y desamparado frente al mundo como si el conflicto surgiera desde esta conexión dual, y en realidad no es así. La paranoia se transforma en una mente enfermiza, sin solución alguna ya que a veces es un malestar natural del hombre e irremediable. La razón puede ser su salvación temporal en su travesía existencial e intensamente breve, o bien puede crear una transfiguración fantasmal y diabólica.  El origen del conflicto del ser no viene del exterior. Creerse lo contrario forma parte de una falsa creencia.

En un momento determinado de la película, el maestro le comenta que la única persona que puede poner fronteras es uno mismo, y completamente cierto puesto que es el verdadero conflicto del ser. Cuando la obsesión se llega a un punto álgido surge la esquizofrenia, es decir,  la verdadera locura de la razón, llegándose a transformar en un ser puramente instintivo, primigenio y dionisíaco. El cisne negro reencarna esta aterradora transformación de la bailarina, con su danza pavorosa y acariciando la perfección.

El momento sublime es  el despertar de la protagonista justo antes en el último acto. Percibe su gran tragedia interna al ser consciente del desdoblamiento de ella misma originada por la obsesión de la perfección. Y acto final, con su debilidad quebrantable causada por sus emociones aparece el trágico canto del cisne, y…final.

Un final extremadamente, trágico, bello, emotivo y conmovedor. 

"Entonces volvió a reir, pero con sarcasmo y furia: "Her-ma-ni-to... her-ma-ni-to ... me has ... me has ... reconocido? !Abre ... abre ... vamos al bosque ... al bosque!

- Pobre demente - surgió de mí una voz ronca y espantosa -, no te puedo abrir, ni salir al hermoso bosque, al espléndido aire libre primaveral, que debe soplar fuera.! Estoy encerrado en una oscura y tenebrosa mazmorra como tú!" (E.T.A Hoffman, Los elixires del diablo)



martes, 8 de marzo de 2011

Mystic improvisation

Metempsychosis hace referencia a la pieza musical del dúo japonés Jack or Jive. La primera vez que escuché esta melodía fue en el dulce descanso de una siesta. Mi mente flotaba sobre esta canción, incluso cuando volvió a sonar de nuevo. Durante aquel breve descanso de la tarde, el devastador sentimiento y fuerza del sonido introductorio del piano junto con la voz frágil y delicada de Chako me transportaba a un estado fugaz de nostalgia, alegría y pena. Así fue como verdaderamente conocí a Jack or Jive, a través de las emociones enigmáticas propias del sueño. Una vez despierto, fue en esa misma tarde que no paraba de escuchar el disco Kenka, donde está incluida esta pieza y con la que abre el álbum. Jamás perderé la esperanza de que vengan a Barcelona, algún día o al menos en una ciudad relativamente próxima.

A través del youtube encontré un video de una bailarina, que interpretó una danza improvisada con esta melodía. Lo más característico de Jack or Jive es sus sonidos que carecen completamente de letra. Sin embargo, su carga de emoción es inmensurable y consecutivamente está evocando aquellas pasiones y sentimientos sostenidos en lo más profundo del ser humano. Viendo esta maravillosa improvisación repleta de emociones desconocidas, siento que la danza es una de las formas de expresión más anímica y potencial del ser humano desde su profunda subjetividad. Es un deseo absurdo y desconocido para la razón misma. Simplemente es el propio impulso interno situado en las mismas entrañas del hombre y carente de cualquier motivo genérico. En aquel maravilloso instante la expresividad de uno mismo lo es todo, formando parte de esta conexión mística entre la subjetividad y su expresividad evocada a su mismo entorno, como un ser libre de la naturaleza. 



sábado, 5 de marzo de 2011

Pasiones inútiles

Entro en el aula, empiezo a hablar a un ciento 
de caras mal despiertas: por un rato
sobre sus vidas, rígido, desato,
cumpliendo mi deber, el frío viento

del Ser y de la Nada, de la Idea
y la Cosa; la horrible perspectiva
del vértigo que se ha hecho inofensiva,
espectáculo grís, vieja tarea.

Si alguno, casí inquieto, se remueve,
los más sueñan, o puntean, o hacen ruido.
Pero basta: es la hora ya. De nueve

a diez, vieron al Ser, ese aguafiestas;
prosigan su vivir interrumpido:
Yo vuelo a mi silencio sin respuestas.
(José María Valverde)




En una tarde de diciembre, el profesor de filosofía política I, José Bermudo, nos hizo un “regalo” de Navidad, como él comentaba en esa ocasión. Fue la última clase antes de vacaciones de Navidad. No era un aula acogedor ya que casi se podía comparar con una cámara frigorífica. Sin embargo, mi único recuerdo vivaz en la facultad de filosofía fue la pasión misma de varios profesores cuyas asignaturas y materias estaban ligadas a la misma personalidad de cada uno de éstos. ¿Podía considerarse aquello como meras clases o asignaturas? Yo diría más bien todo lo contrario. A pesar de las dicotomías, efímeras horas, y estallarse en ilusos sueños de la férrea realidad, algo era seguro; notaba que mi propia conciencia sentía algo lleno de vitalidad. El concepto de enseñanza como artilugio disciplinario y burocrático de la sociedad se había desvanecido, por primera vez.

En la actualidad veo a la propia muerte, percibo el sinsentido de la fantasmagórica conciencia puramente racional disfrazada en una serie infinita de números aleatorios. Lo peor de todo es que aniquila y corroe las mismas entrañas del sujeto. Destruye la subjetividad de la persona hasta transformarle en un zombie sin alma. En este segundo año de Administración y Finanzas ya no siento nada. No se instruye a la gente ni siquiera a ser autocríticos, ni a reflexionar y transforman la objetividad de los números completamente inertes a ser la misma obviedad y realidad por encima de todo. Son simplemente horas muertas.

Ahora entiendo mejor que nunca y comprendo el contenido del poema en el papel impreso que nos regaló el profesor José Bermudo. La desgarradora perspectiva existencial desde el horizonte plano e infinito del Ser se ha convertido en un mero trámite y, lo peor de todo, desangra a la misma persona al paso del tiempo hasta su estancia en la ciudad de los emperadores.